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LUÍS RONCANCIO Nace en 1946 - Onzaga,
Santander
EXPOSICIONES Tomado del folleto: Artistas Santandereanos en la Década de 1970 - Banco de La Republica OBRAS
El arte primitivo o ingenuo tiene raíz y sustentación geográfica. Viene a recalar en la tradición plástica de cada país de un moda imprescindible, como reflejo que es de la aptitud natural de los pueblos para expresarse pictóricamente, ya que como es bien sabido, el hombre primero se expresó con imágenes, y con figuras, mucho antes de aprender a expresarse con letras. Germina espontáneamente, maravillosamente puro y auténtico en los paisajes de las fondas camineras, en los ventorrillos y tiendas de mala muerte. En un desarrollo que avanza de manera natural, atreviéndose ya con todo tema y con todo desenfado, desemboca, en las imágenes ya más populares y degradadas que aparecen en los llamados "buses de escalera", y por último, subsumido en el concepto de arte primitivista, llega al sofisticado mundo de las galerías y las exposiciones de pintura. Para aclarar la diferencia que existe entre el arte ingenuo a primitivo y el arte falsamente primitivista, la primera exigencia es cabalmente la de buscar la tierna afección conque el genuino artista "naive" pinta el entorno lugareño. El verdadero impulso del corazón que lo lleva a un apasionado, entusiasmado localismo o costumbrismo. Ya que lejos de buscar regiones supuestamente exóticas, hay en él un reconocimiento obsesivo de su espacio circundante. Recuenta flora y fauna del lugar, hace inventario o inspección de propietario, sin agrandar su caudal ni tratar de renovar su repertorio. En el solo acto de dar fe y llamar la atención del espectador sobre la "novedad", aunque esta novedad ya haya sido vista, descrita y pintada por otros. En lo que respecta específicamente a Luís Roncancio luce en su obra las mejores condiciones de un primitivo. Estos méritos se refieren precisamente a una visión pintoresca y a una mentalidad y una experiencia peculiar de la vida, cuya manera de percibir, abarca una gradación que empieza como ensueño o fantasía tal vez, , en un cuadro como “BOSQUE” y termina en “CUEVA CHULO”,”LA CALLE DEL AMOR BARATO”, ya como una demanda de la realidad inmediata. De un modo discreto, sin ruido, Luís Roncancio ha ido ganando fama y mereciendo prestigio, ocupando un sitio estéticamente discernible en el panorama artístico. Sus paisajes parecen sucederse y ordenarse para dejar en el contemplador la impresión balsámica con que alientan los bosques y los árboles, la visión de un cielo azul o rojo, agreste, y los hermosos colores del sueño y de la alegría. Luís Roncancio no se sitúa del todo frente al paisaje. Se funde y se compenetra con el. Se apropia. de este paisaje viviéndolo a través de su sensibilidad y lo enriquece con la ingenuidad y el misterioso encanto del hombre ligado de modo profundo y esencial a un lugar, inscrito en el, como el justo evocador de una provincialidad grata y apaciblemente vegetativa. El intérprete de esa región intemporal encantada, en donde parece que florecieran silvestres la belleza y la poesía. La relación entre paisaje y poesía se establece aquí naturalmente. Como primitivo es el que más límpidamente refleja la esencia de un mundo en eterna primavera, reverberante de luz o donde arden los arreboles bajo el fuego crepuscular del sol que se hunde en la lejanía. El arte primitivo se aprecia siempre por parte del ojo "civilizado" como una especie de pop, como categoría de lo cursi. Tampoco es susceptible de explicación o análisis crítico. La subjetividad del primitivo se ha elevado a un universal en el instrumento. A un código de expresión que ostenta rasgos comunes en la inhabilidad de la técnica y puerilidad de la concepción, hasta tal punto próximo a lo infantil que cada uno de estos artistas espontáneos, sencillos, puede copiar las mismas cosas; elementos o motivos que otro, y trabajar de igual forma. Con todo, las imágenes de Luís Roncancio presentan evolución y características propias. Diríamos que es un primitivo consciente de su modo ''naive" y perfectamente dueño de su técnica. Un observador preciso, paciente, delicado, que con cuidadosa individualización, enriquece sus paisajes a través de un temperamento creador que penetra la realidad de modo más sugestivo y poético. Con una urdimbre prolija, paciente, Luís Roncancio empieza por reconstruir los árboles, por ejemplo, hoja á hoja, pequeños óvalos o celdas trabajadas por el pincel, para ser apreciados separadamente, con las que va armando una trama unitaria de follaje, de ramas, una pincelada descriptiva, que se solaza en sí misma y une las formas por medio de relaciones íntimas, que dan el movimiento y la percepción de la vida sensible. Cada uno de los cuadros de Luís Roncancio es pues un acto de devoción perfeccionista y de amor. Si tuviera que elegir, sintetizar en una palabra, el tono de la obra de Luís Roncancio yo elegiría magia, pero también orden, simetría, un orden que "compone" en el sentido tradicional del término y una posesión sembrada de inocentes misterios, totalmente convincente, siempre mágica y bella y jamás comercializada y mecánica.
Mario Rivero
Cada persona a través de la vida, tiene percepciones diferentes sobre las cosas que suceden y sobre cada uno de los seres que de una u otra forma interviene en su existencia. Algunas van diciendo, con toda la sinceridad del mundo, lo que sienten. Otras lo escriben; se dejan llevar por sus ideas y por sus sentimientos y representan por medio de las letras los sucesos de la manera más indicada posible. Además, existe gente que plasma sobre un lienzo. El personaje de este retrato es una de estas personas; se dedicó a crear personajes, a recrear lugares y a ponerle a cada uno de ellos los colores indicados para expresar las sensaciones percibidas, cada una de las impresiones que le causó la vista de cosas tan simples y tan bellas, pero a veces tan subvaloradas, como lo son la naturaleza y los seres que más contacto tienen con ella: los campesinos. Cada mañana se despertaba temprano y dejaba cinco minutos para matar la modorra. Su cama, como siempre un solo lado ocupado, pues fue un soltero empedernido que no quizo renunciar a la libertad de la que era dueño. Su enfermedad, que aunque no lo dejaba siquiera caminar rápido, no pudo quitarle los instrumentos para volar: sus manos y su imaginación. Llegaba a su taller y empezaba la creación. Surgían mujeres y hombres que se situaban en el rincón específico que les daba, luego de haber negociado un buen tiempo posiblemente les cambiaba de lugar o a cambio de la incomodidad de estar toda la vida de pie en un rincón en el que su mejor angulo no encuadraba, les obsequiaba una camisa de su color preferido o ponía junto a ellos una canasta de flores y frutas para que a pesar del cansancio estuvieran siempre bien alimentados. También les regalaba la compañía de más seres como ellos, seres con caras de alegría bajo los bultos que traían del mercado. Personitas que se eran afortunadas al ver el derroche de vida que salía de huevos gigantes que se rompían y de los cuales brotaban flores de todos los colores imaginados y mariposas amarillas al mejor estilo de García Márquez y Mauricio Babilonia. En los fines de semana, cuando por fin cerraba "El Taller", se dirigia a un lugar que podría haber sido sacado del mejor de sus cuadros; un lugar donde a falta de campesinos ataviados de colores se encontraban los niños de su familia, que hacían pilatunas todo el día, desde robar las flores de la linda abuelita hasta comerse todos los dulces reservados para las visitas, picardías que el siempre acolitaba y de las que luego se burlaba. Nos sentaba en sus piernas y nos llamaba a cada uno por el apodo de turno, todos llenos de cariño, pero que no tenían trascendencia pues al día siguiente inventaba uno nuevo para cada uno de nosotros. En la tarde cuando la brisa refrescaba y la hojas de los árboles danzaban al compás de su melodía, el sacaba sus materiales y empezaba a dibujar sobre el lienzo, movía sus manos ágiles y delgadas, creaba formas, casas con balcones, calles empedradas que posiblemente le recordaban a su pueblo natal, Onzaga, en sus años de niñez. Esta era la única forma de tenernos quietos y atentos, siempre estabamos pendientes de cada trazo que daba, de cómo mezclaba cada color, de la cantidad que utilizaba. Aún recuerdo el olor del thiner, que actuaba como sedante, nos quitaba el movimiento y nos pegaba al butaco y a la mesa en la que el seguía dibujando y explicandonos como se hacía el verde de las hojas para que pareciera que el sol les caía de frente. Por fin cuando parecia que nada lo iba a salvar de esos pequeños que todo lo preguntaban, que deseaban saberlo todo para poder dibujar igual a como el lo hacia, llegaba el remedio que nunca fallaba: las deliciosas onces de la abuelita Herminia. Un día que tenía que ser especial para todos pues nuestro tío "el pintor" cumplía años, se convirtió en un día triste. La noche anterior, habia ido a celebrar con unos amigos, a su finca, aquel sitio en el que nos enseñaba tantas cosas y por esos desiginios de la vida el día de su nacimiento coincidió con el de su muerte. De eso hace 15 años ya y aunque no me acuerde de todas las cosas que quisiera, sé que dejó en nuestra familia y en la gente que lo conocío un gran vacío que nunca podrá llenarse pues a pesar de ser un mortal siempre dio lo mejor de él para ayudar a otros, propios o extraños, a ser felices y enseñó a muchos a luchar para lograr metas que parecían imposibles. Nunca podremos entender porque mi tío se fue tan rápido de nuestro lado, en mi cabeza infantil de esa época solo pude creer una explicación que dio uno de los apesadumbrados amigos de mi tío: Dios quería que le decorara las entradas al cielo para poder recibir a las almas buenas, como la suya, por la puerta grande. CAROLINA MATEUS - July 9, 2002 |
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